I
Va derecho por la vida -estricto traje negro-,
honrando siempre su impecable axila con un libro.
Blande sus categóricas sentencias con un cetro,
cuya rígida amistad lo mantiene en equilibrio.
En su Cesárea frente resplandecen las ideas,
Coronadas en el raso de su digna galera,
Si agnóstico no fuera, Dios Supremo encarnaría
De los dioses que nutren su intelectual cofradía.
II
No habla nunca afirmando lo que no está demostrado
Jamás se ha confundido, duda siempre por principio,
Riguroso en el método, y más en su ejercicio,
Asegura, por ende, que no hay nada más sagrado
Que aquello que se mide, que se pesa y se compara,
Se prueba, toca, siente, palpa, nota o se percibe,
Se estima, se calcula, se evalúa, se concibe,
Y es bien pasible de ser añadido o segregado,
Potenciado, partido, aumentado, disgregado.
III
Ha logrado un equilibrio entre aquellos elementos
Que con todos los sentidos ponderarse pudieran,
Y para evitar supuestos en lo que se infiriera,
Ciñe el fruto así obtenido con unos argumentos
Tan exquisitamente racionales, tan seguros,
Que al aplicarlos, aniquila sin más al oscuro
Y anárquico mundo en el que respiran las creencias;
Aquél improbable mundo nutrido de apariencias,
De misterios que custodian celosos hierofantes,
que asusta sólo a los niños, o a gentes ignorantes.
IV
No lo atormentan temores: ni a brujas, ni a fantasmas,
Ni a cruzar por la noche por el viejo cementerio,
Pues hay un nombre apropiado para cada misterio:
Sugestión, ignorancia, histeria, magnetismo, miasma;
Creer en otra cosa ¿no sería una locura?
Magias y sortilegios, talismanes y herraduras,
Son sólo imaginación, engañosa a los sentidos,
Malentendidos que entran por ojos y por oídos.
V
Estos postulados y otros asertos propinaba
Al inmaterial tema, cuando fuera consultado.
Su concepto de hierro fue por poco entronizado,
Entusiasmo y aplausos, asentimiento, alabanzas.
Casi embriagado del halago que se le rendía
No pudo el Profesor notar la extraña analogía,
Pues sus admiradores parecían hechizados
Por taumaturgo de feria o charlatán avezado.
VI
Al volver a su casa, satisfecho y orgulloso,
Cruzando a través del bosque encantado, por el puente
Se topó con un hombre, muy correcto y reverente,
al que saludó, a su vez, con gesto respetuoso.
En el acto escuchó la burla de las risotadas
De los árboles vivos, de los gnomos y las hadas,
Y aunque nunca ha podido demostrar que fuera cierto,
Esa noche, sin dudarlo, saludó a un hombre muerto.
Reinita de las Hadas, 25/4/01 XXXI
copyright Myriam Toker, 2001.
“Soles negros” en Ecuador
Hace 10 años.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Te invito a dejar un comentario