A veces, mientras miraba por la ventana,
se desperezaban azucenas frías
entre el aparador y la mesa,
susurrando de asombro y helándome
los pies desnudos.
Alguna, de carne más nacarada,
se atrevía a preguntar –la voz de los que resucitan-:
“¿Dónde estoy”?
En el sendero de tréboles hasta
el dormitorio, una azucena
con un ojo acuático entreabierto
me miraba sonriente.
Otras marchaban en fila
a treparse por las paredes,
bordeando el retrato de los abuelos
(se daban instrucciones con su luz opalina).
Los abuelos tenían párpados
de alas de flor,
de azucena de marfil y de pálida
vergüenza;
los abuelos tenían
caminos de pétalos helados
entre sus bocas inmutables
y la tetera enceguecida de tedio
sobre la mesa del comedor.
Newark, DE, 27 de junio de 2008
copyright Myriam Toker, 2008




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