domingo, 9 de noviembre de 2008

Marosianas, Huerto de Azucenas

Imagen: Max Ernst, Pétales et jardin de la Nymphe Alcolie.



A veces, mientras miraba por la ventana,

se desperezaban azucenas frías

entre el aparador y la mesa,

susurrando de asombro y helándome

los pies desnudos.

Alguna, de carne más nacarada,

se atrevía a preguntar –la voz de los que resucitan-:

“¿Dónde estoy”?

En el sendero de tréboles hasta

el dormitorio, una azucena

con un ojo acuático entreabierto

me miraba sonriente.

Otras marchaban en fila

a treparse por las paredes,

bordeando el retrato de los abuelos

(se daban instrucciones con su luz opalina).

Los abuelos tenían párpados

de alas de flor,

de azucena de marfil y de pálida

vergüenza;

los abuelos tenían

caminos de pétalos helados

entre sus bocas inmutables

y la tetera enceguecida de tedio

sobre la mesa del comedor.


Newark, DE, 27 de junio de 2008

copyright Myriam Toker, 2008

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