Al niño Jesús un día
se le dio por maldecir
y lo hizo arrepentir
la paloma que tenía.
Teniendo sólo seis años,
se adelantó en la ishivá
y explicó la kaballah
mejor que un rabino anciano;
ningún misterioso arcano
hubiera que no sabía,
y entonces la judería
vio en El la Divina Mano,
y llamaron Soberano
al niño Jesús un día.
Pero era Jesús un niño,
y como niño jugaba,
y el carácter lo llevaba
no siempre por buen camino;
comenzó a hacer desatinos
con desatino infantil
y empezaron a ocurrir
desastres y desconsuelos,
porque al Rey de los Hebreos
se le dio por maldecir.
Por asustar a un leproso,
mandó volando a un chiquero
la ropa del secadero,
y secó el agua del pozo;
y a un amigo de retozo
lo maldijo hasta morir.
Después lo hizo revivir,
porque San José, enterado,
lo retó con mucho enfado
y lo hizo arrepentir.
Jesús pareció entender
lo que su padre le dijo:
“Prométeme no usar, hijo,
hasta adulto tu poder”:
luego de esto, empezó a hacer
figuras de alfarería,
y una paloma que hacía
lo tentó otra vez al juego;
la sopló y remontó vuelo
la paloma que tenía.



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