Ilustración: Edmund Dulac, "The entomologist's Dream", 1909.
El tiempo labra un tesoro
Con su paciencia de anciano,
Y desprende de su mano
Más rica cosa que el oro;
Ya en invierno, ya en verano,
Dispone con perfección
Eso que en cada estación
Habrá de ser menester
Para poder florecer
Cada flor en su ocasión.
Cada flor es un secreto
Ancestral y renovado,
Y el tiempo mismo le ha dado
Tiempo efímero y discreto,
Y en el milagro encerrado
De su néctar seductor
Logra, al morir, cada flor,
Hacer su encanto infinito,
Alentando el apetito
Del enjambre halagador.
En la casa del científico, parece
Que el tiempo, detenido, se aburriera
No hay risas de niños, no hay quimera
el aire, entristecido, palidece
y cansado de esperar, desaparece
Sin importarle que la casa muera.
El frío ha empañado los cristales,
La pared envejece, enmohecida,
Y han dejado, con desidia infanticida,
A un violín en su estuche, hasta matarle
La alegría y los dones musicales,
Impropios de la sombra establecida.
Es puesto a salvo, en cambio, el gabinete,
Del polvo que carcome los rincones;
El polvo, que no sabe de perdones,
Como el tiempo, allí no se entromete
Porque asépticos denuedos lo someten
A concienzudas esterilizaciones.
Es la atmósfera encerrada en sus paredes
Un suspenso, del que pende temerosa,
Como miedo de pobre mariposa,
Que agonizara engañada entre unas redes,
Y en el estático suspenso no sucede
Más que hastío, y ninguna otra cosa .
La casa se enreda en la tristeza
Con entrega violácea de cadáver;
Sin protestas, acepta aquélla cárcel
Que el tiempo le tejió, con sutileza
Y en su capricho de dejarla presa
No la deja, siquiera, resignarse.
Y el hombre que se extingue en sus estancias
Se aficiona a la entomología.
Con su red, anda en pos de una poesía
Evadida de las redes de sus ansias
que le deja, a cambio, una ganancia
que nunca hace feliz su fantasía.
Con su piel de parafina y su calvicie,
No hallan sus manos en el botín muerto
Más que belleza ausente en un desierto,
Y hurgando más en esa superficie
Clava la presa, para que se envicien
Sus ojos, extasiados en lo yerto.
En nombre de la ciencia, crucifica
El pálpito del verso de esas alas,
Y la verdad que encuentra nunca iguala
La bella libertad que sacrifica,
Y al final del catálogo, rubrica
Con la misma mano con la que apuñala.
Siempre sueña que visitan sus vitrinas
Admirados y atentos, los doctores
Y le rinden los plácemes y honores
Que lo engrandecen en su disciplina;
Por instantes, su piel de glicerina,
Parece ser capaz de hallar colores.
Pero una noche, en un sueño, desespera,
Porque el aire sin pasión de su recinto
Se ha surcado de un móvil laberinto
Que abandonó, gozoso, las vidrieras,
cuando un Hada se empeñó en que revivieran
las cautivas del afán del erudito.
Al despertar, la lógica y la ciencia
Momifican otra vez su fantasía,
Hasta que, en contra de la entomología,
Descubre que ha soñado una advertencia,
Pues volando en vital desobediencia,
Un enjambre feliz lo desafía.
23 de Abril, 2001 XXXII, Sueño del entomólogo
copyright Myriam Toker, 2001



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