domingo, 9 de noviembre de 2008

Reina de las Hadas, Sueño del Entomólogo



Ilustración: Edmund Dulac, "The entomologist's Dream", 1909.


El tiempo labra un tesoro

Con su paciencia de anciano,

Y desprende de su mano

Más rica cosa que el oro;

Ya en invierno, ya en verano,

Dispone con perfección

Eso que en cada estación

Habrá de ser menester

Para poder florecer

Cada flor en su ocasión.


Cada flor es un secreto

Ancestral y renovado,

Y el tiempo mismo le ha dado

Tiempo efímero y discreto,

Y en el milagro encerrado

De su néctar seductor

Logra, al morir, cada flor,

Hacer su encanto infinito,

Alentando el apetito

Del enjambre halagador.
En la casa del científico, parece

Que el tiempo, detenido, se aburriera

No hay risas de niños, no hay quimera

el aire, entristecido, palidece

y cansado de esperar, desaparece

Sin importarle que la casa muera.


El frío ha empañado los cristales,

La pared envejece, enmohecida,

Y han dejado, con desidia infanticida,

A un violín en su estuche, hasta matarle

La alegría y los dones musicales,

Impropios de la sombra establecida.


Es puesto a salvo, en cambio, el gabinete,

Del polvo que carcome los rincones;

El polvo, que no sabe de perdones,

Como el tiempo, allí no se entromete

Porque asépticos denuedos lo someten

A concienzudas esterilizaciones.


Es la atmósfera encerrada en sus paredes

Un suspenso, del que pende temerosa,

Como miedo de pobre mariposa,

Que agonizara engañada entre unas redes,

Y en el estático suspenso no sucede

Más que hastío, y ninguna otra cosa .


La casa se enreda en la tristeza

Con entrega violácea de cadáver;

Sin protestas, acepta aquélla cárcel

Que el tiempo le tejió, con sutileza

Y en su capricho de dejarla presa

No la deja, siquiera, resignarse.


Y el hombre que se extingue en sus estancias

Se aficiona a la entomología.

Con su red, anda en pos de una poesía

Evadida de las redes de sus ansias

que le deja, a cambio, una ganancia

que nunca hace feliz su fantasía.


Con su piel de parafina y su calvicie,

No hallan sus manos en el botín muerto

Más que belleza ausente en un desierto,

Y hurgando más en esa superficie

Clava la presa, para que se envicien

Sus ojos, extasiados en lo yerto.


En nombre de la ciencia, crucifica

El pálpito del verso de esas alas,

Y la verdad que encuentra nunca iguala

La bella libertad que sacrifica,

Y al final del catálogo, rubrica

Con la misma mano con la que apuñala.


Siempre sueña que visitan sus vitrinas

Admirados y atentos, los doctores

Y le rinden los plácemes y honores

Que lo engrandecen en su disciplina;

Por instantes, su piel de glicerina,

Parece ser capaz de hallar colores.


Pero una noche, en un sueño, desespera,

Porque el aire sin pasión de su recinto

Se ha surcado de un móvil laberinto

Que abandonó, gozoso, las vidrieras,

cuando un Hada se empeñó en que revivieran

las cautivas del afán del erudito.


Al despertar, la lógica y la ciencia

Momifican otra vez su fantasía,

Hasta que, en contra de la entomología,

Descubre que ha soñado una advertencia,

Pues volando en vital desobediencia,

Un enjambre feliz lo desafía.


23 de Abril, 2001 XXXII, Sueño del entomólogo
copyright Myriam Toker, 2001

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